«Su rostro me acompañó» por Benjamín Trujillo

En los años setenta del pasado siglo viví en Santa Cruz. Subía cada día al Instituto de La  Laguna. Siempre cogía la guagua directa que salía desde La Plaza de España, con formato distinto al actual. La parada daba hacia el mar, hacia la extensión del muelle. La de las siete y media era la perfecta para llegar a clase con la antelación suficiente.

El pasaje de cada día era prácticamente el mismo, algunas variaciones, unas veces se formaban unas parejas en la acera y luego en los asientos,  en otras ocasiones cambiaban; era la mayor novedad. Normalmente hablaba con Pablo y Ernesto que iban también al Instituto pero ellos se sentaban siempre juntos y yo con quien me tocara.

Los que éramos estudiantes, incluidos los universitarios, vestíamos en tonos oscuros con aquel anorak azul marino medio acolchado que abrigaba bien poco. Las chicas iban diferentes, con más color, pañuelos, y a esas horas tempranas parecían más despiertas, hablaban más alto, reían y marcaban el sonido de la espera.

Había una chica totalmente diferente al resto de estudiantes. Iba a la universidad, los libros y las carpetas de apuntes la delataban. Casi siempre estaba sola, sonreía a alguna de las otras chicas o a algún grupo pero nunca iba acompañada. Melena clara ondulada, los labios dibujando la boca ancha sobre la tez clara salpicada de algunas pecas. Subía de las primeras y se sentaba cerca del chofer siempre en el lado de la ventana.

A la hora, nunca con prisas, con su personal perfume y reluciente.

Siempre la vi en la guagua. En alguna ocasión, años más tarde volví a verla en la universidad. Lejana de los jolgorios políticos, de las películas del paraninfo. Hablaba con profesores o aparecía fugazmente por la cafetería.

Estuve pendiente de su presencia en todos aquellos viajes, en como miraba por la ventana, como le daba el ticket al revisor, como se sentaba o levantaba. Yo me bajaba antes, en la parada de la autopista, donde ya olía a galletas de la fábrica de Gabusa y la veía alejarse, llenando con su mirada distraída el ventanal de la guagua.

Solo una vez, muchos años después la encontré en un concierto en el Teatro Guimerá. Iba acompañada de un hombre, supuestamente su marido, también elegante, moreno y serio. Recordé mi admiración y mis esperas por su llegada a la parada de “La Directa” y me pareció que hizo un cierto amago cómplice y recordar al chico que la miraba.

Hace unos meses en una visita de médicos a Santa Cruz cogí el tranvía y subí hacia el hospital. En la parada del Puente Zurita apareció. Estaba igual de guapa, mayor, serena. Pensé que iba a subir y me tembló todo, pero no, esperaba a alguien. Una chica joven bajó. Tenía la misma edad que yo, cuando miraba, imagino que a su abuela. Se dieron dos besos y con ternura, la mujer que tanto soñé, la abrazó.

Se quedó mirándome. Lo siguió haciendo con el tranvía ya en marcha.

Su rostro me acompañó hasta que una voz fría anunció por el altavoz la parada del hospital.

P.D. Dejaré de escribir esta columna o estos textos durante algunas semanas. Espero que no sean muchas.

Benjamín Trujillo.

btrujilloascanio@gmail.com

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