«Paseo por el amor y la muerte» por Benjamín Trujillo

(el título del artículo coincide con el de una magnífica película del año 1961 dirigida por John Huston sobre una novela escrita por Hans Koning)

Un arquitecto, amigo desde la niñez, decía siempre de mayor que  en cada ciudad a la que iba visitaba los mercados y los cementerios. 

Después, esta recomendación la leí muchas veces, en ocasiones como expresión de la vida y la muerte, en otras del bullicio y el silencio y también para señalar el empaque o la importancia del lugar donde conviven los humanos.

No recuerdo con claridad la primera vez que estuve en el cementerio, ni siquiera porqué fui, pero debió ser acompañando a Lola, Lola Milona, mi Lola, la que consideré siempre como otra madre, no sustituta sino otra protectora, defensora y aliada eterna que hoy recuerdo cada día, como a mi madre y a otros muertos que tienen presencia constante en mi vida.

Ella me llevaba a enramar a los familiares en los días de Finados o en sus vísperas o aniversarios. Era divertido, niños que correteaban por aquí y por allá, muchachas o mujeres que enseñaban las piernas más de lo habitual en las hileras más altas de los nichos, mujeres de negro riguroso, secas y tristes, que miraban fijamente una cruz o una lápida, otras que hablaban con risas incluidas, niños agarrados por sus madres sollozantes poniendo flores o limpiando jarrones; era un escenario femenino y rico, un mundo de coros y solistas con músicas distintas que no se estorbaban; se enriquecían.

Llegaron otros tiempos de mi vida y los cementerios pasaron a ser otra cosa, mal mirados por la cultura “progre”, más oscuros y dramáticos, y empecé a evitarlos, a poner excusas para no ir salvo en los casos estrictamente necesarios para mi vida social o familiar. Y así pasaron muchos años.

Si visitaba los de otros lugares como exigencia de viajero y para cumplir con lo de “cementerios y mercados” como muestra de la calidad de vida o de la cultura de cada ciudad o pueblo.

La reconciliación con el de mi pueblo fue posterior y quiero señalar algún detalle que la propició. 

No sé porque fui ese día, si estaba solo o acompañado, pero si sé que el encuentro fue solo entre él y yo.

Al fondo del cementerio, en la sombra del sauce al lado de la pequeña capilla estaba sentado Bernardo, el que fue durante muchos años sepulturero, Bernardo Fernández Mora. Era a media mañana, estaba con su pequeña pipa en la boca, mirando con sus ojos vidriosos y casi ya sin ver, hacia el frente. Le pregunté si me conocía, me contestó que si seguido de mi nombre “su voz la conoceré siempre, ya casi ni veo”; le pregunté cómo estaba y qué hacía allí si llevaba jubilado muchos años, y me habló de la vida, del sosiego del sitio, del fresco a la sombra del sauce, de lo que duran las vidas y de lo que había hecho casi siempre.

Pensé en lo que decía y me sentí acogido por el clima que creó esa situación, sereno y distinguido; dichoso.

Después empecé a acompañar a mi mujer a ir a enramar, a llevar flores y limpiar los nichos de sus familiares y  los míos, a volver a tener conversaciones con otros visitantes, a recorrer las lápidas y recordar a quienes nombraban, a asombrarme con las fechas de muerte o las edades de los fallecidos; a vivir de nuevo, como adulto, ese santuario de paz y memoria, a hablar en silencio con mi abuela, mi padre, mi madre o Lola o con tantos amigos ya muertos. A recordarlos y resolver pequeñas o grandes disputas con los que allí están.

 Se ha convertido en un lugar al que me apetece ir y estar. A veces cuando pasa algún tiempo necesito ir. Sentir la mirada dulce de Bernardo y  estar entre muchos que fueron compañeros de mi vida.

A pasear por el amor y la muerte.

Benjamín Trujillo

FOTO: EDUARDO CASTRO

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