“Una mañana cualquiera” por Benjamín Trujillo

No hace falta que suene el despertador. Lo tiene puesto a las seis pero siempre está despierta antes. Espera a que suene el primer toque, lo apaga enseguida y se gira en la cama para mirar a Isidro que duerme sereno,  con un ligero resoplido que le hace temblar el labio inferior. Ya no ronca tanto si lo comparamos con otros tiempos en los que parecía un volcán, un terremoto, el gruñido de mil cochinos saliendo de su boca y que hacía temblar hasta la cama. Coge las gafas de la mesilla de noche y se levanta. Se pone una bata encima del camisón con el que duerme. Orina, se lava las manos y la cara y va a la cocina. Todo de manera automática, como siempre, poner la cafetera con poco café, para que salga flojito. Coge la tacita de siempre y se sirve. Está bueno, dulce como le gusta. Coge la otra taza de siempre, la de Isidro y sirve otro café con menos azúcar, nunca le gustó muy dulce. Se lo lleva para dejárselo en la mesilla. Ya está despierto, con los ojos como platos mirando al techo y esbozando una media sonrisa. Buenos días hombre. Buenos días mujer, contesta Isidro garraspeando. Bueno, vete espabilando despacito, tómate el café y estate un ratito más en la cama. Te pongo la radio con las noticias.

Hoy no tiene comida que hacer, el rancho de ayer hoy estará mejor y anoche dejó arregladas las caballas que compró al del furgón de Valle Gran Rey. Les hizo un mojo hervido y están buenas. A él, a Isidro, a su marido, le gustan con locura las dos cosas, el rancho y el pescado en mojo hervido, y si son caballas mejor.

Limpia el baño con la misma meticulosidad de cada día, el retrete, el bidé, lavabo y plato de ducha, el cristal del espejo, cada lugar donde se posa un vaso, un bote de champú o de lo que sea y queda todo perfumado y lustroso. Cuando está cerrando la puerta del baño limpio oye a su marido levantarse y le recuerda lo que debe hacer en el baño mientras ella le pone el desayuno. Un café con leche clarito y unas tostadas hechas con pan de ayer, con un poco de mantequilla y mermelada, si es que quiere, porque él es más de salado, y le pone en un plato pequeño dos lonchas de jamón cocido.

Isidro aseado y con buen aspecto, se sienta en la mesa de la cocina mientras Carmita sigue recogiendo aquí y allá. ¡Desayuna tranquilo! Le dice cuando lo oye que ya está en la cocina ¡Yo voy ya! Y se sienta con él, se sirve otro poco de café y coge un trocito de pan tostado.

Lo mira y lo ve tierno, guapo, tranquilo. Viejo sí, pero lo ve con salud. Con lo que trabajó, con lo que bebió, con las operaciones que tuvo y lo ve bastante bien. Cuidado por ella, sin mayores sobresaltos en su vida, con su buena paga que les da de sobra para los dos y para cualquier necesidad urgente o ayudar a los hijos si es menester.

Tuvieron tres hijos, Tomás el mayor que trabaja en el sur, en el sur de Tenerife desde hace ya muchos años, que tiene dos hijos, los nietos mayores, María Guadalupe que está en la península, casada, con dos hijos también y que vive bien, trabajan los dos, ella y el marido y van viviendo; viene poco, a ver si en la próxima bajada. Y Daniel, el más chico, raro como un perro verde, callado, todavía soltero, bueno no sé si estará con alguna pelleja, dice Carmita de vez en cuando. Daniel está peleado con el padre desde hace años – torrontudo uno torrontudo el otro – los dos iguales. Ese sí que no viene nunca. Es pescador y está embarcado en un pesquero de los que van a África, a veces cuando está en Santa Cruz o en Las Palmas o Lanzarote la llama, cuatro palabras, madre estoy bien y nada más.

Carmita sigue con los quehaceres, lo mismo de todos los días, con la misma energía de todos los días y antes de las nueve de la mañana todo está hecho, regar las plantas del porche, que son su vida según dice, quitarle unas hojitas secas a los geranios y un poquito más de agua al anturio.

Entra y se cambia de ropa, para ir a caminar, que se lo mandó el médico. Se pone unos pantalones ajustados, de licra, los tenis que le regaló Andrea la sobrina y una blusa roja con botones que es fresquita.

Isidro continúa en la mesa, medio adormilado, dando alguna que otra cabezada y con la radio que habla de no sé qué. Vamos y te sientas en el sofá que estás más cómodo. Isidro, callado y obediente, se incorpora y en ese momento se lanza un pedo tremendo, como el de un joven, contundente. ¡Muchacho siempre igual, cochino! Fohh, podías haber esperado a que me fuera, toda la vida igual, que asqueroso…Carmita dibujaba una sonrisa mientras se quejaba. 

Bueno aquí en el sillón estás bien, yo vengo enseguida, ya sabes mi caminata hasta La Asomadita y vuelvo parriba enseguida. ¡Cámbiame la radio! Pon Onda Tagoror que tiene buenos cantares y oigo a Sito. Le cambia la radio y sale ligera, casi trotando. Baja desde La Gallarda, saludando a todos, adiós Carmita, adiós Flora, ¿cómo están? Bien, bien, ya sabes, tirando.

Llega a La Asomadita y se sienta mirando al mar, la estela del ferry que salió ahora mismo, el ruido que llega de las calles de La Villa y el sol dando en La Punta. Sentada así, mira a un lado y a otro, para comprobar que está sola y se acaricia las piernas, se palpa los muslos, se mete las manos entre la camisa y se alza los pechos, ajustando después el sostén, se pasa la mano por la cara y acaricia su pelo, recordando otros tiempos, a Isidro y a algún otro, a muchas amigas, a cuando se fugaba de las clases de Doña Soledad para ir a bañarse al Charcón, piensa que no es tan vieja, que sus muslos todavía están tersos y un ligero ardor surge debajo del pecho y sube hasta la cara que se le enrojece.

Hay que volver. Que las mañanas se van, como el agua entre las manos, como la vida.

Benjamín Trujillo.

btrujilloascanio@gmail.com

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