El joven Abraham Darias Barroso, finalista del concurso ‘Nuestros Héroes’ organizado por Zenda

Cuenta la historia de una persona heroica. De una doctora, de un reponedor, de una cajera, de un enfermero, de un policía, de una maestra,… Cuenta la historia de uno de nuestros héroes y participa en nuestro nuevo concurso literario, un certamen que surge para que contemos y compartamos las miles de historias de los héroes que hacen frente al coronavirus. Así comienza el texto de las bases del concurso de Historias sobre #NuestrosHéroes organizado por Zenda y patrocinado por Iberdrola, en el que ha resultado ser finalista el gomero Abraham Darias Barroso con la obra ‘Historias que son cuentos’. El certamen estaba dotado con 3.000 euros en premios.

Este joven escritor que ha participado en otros certámenes, siempre nos ha sorprendido en su forma de jugar con el lenguaje, sin que se pueda evitar releer todo aquello que escribe para sacarle más jugo, si se puede, a sus palabras, a sus pensamientos, a sus historias.  A continuación les invitamos a la lectura de ‘Historias que son Cuentos‘.

Historias que son cuento

Abraham Darias Barroso

III

La luz eléctrica del techo cae sobre los enfermos que permanecen en hilera a lo largo del pabellón sin clases. Había un silencio total. Recostado sobre la cama plegable, Santiago Crespo, miembro del Gabinete de Presidencia de la comunidad, tecleaba en su iPhone.

–¿Señor Crespo?

Éste levantó la mirada y se encontró con la del extraño. Volvió a su pantalla en silencio.

–¿Cómo se encuentra? –añadió el recién llegado.

–¿Otro periodista?

–No, señor. Soy médico –señaló en su pecho tres renglones escritos con letra mayúscula sobre el traje blanco: «Salvador. Médico. 10:40»–. Aquí lo pone.

Santiago miró de nuevo al hombre.

–Ah –dijo, y dejó de escribir.

El doctor anduvo hasta los pies de la cama, examinó el parte –deficiencia respiratoria. Posible neumonía por Covid-19– y regresó junto a Santiago.

–¿Cómo se encuentra?

–Nada bien.

Inclinándose, Salvador le ajustó las cánulas de oxígeno.

–¿Mejor?

El político dijo sí con la cabeza. Y entonces el doctor le dijo la verdad.

–Ha habido complicaciones.

El político lo miró como preguntándole por la gravedad. Se oyó una tos carrasposa.

­–Complicaciones serias –añadió.

–¿Cuáles?

–Los parámetros no muestran mejoría. Disminución en respuesta respiratoria y aumento leve de fiebre.

Las aletas de la nariz del político se abrieron para una exhalación larga, de resignación. Había pensado en ello la noche anterior, cuando los desvelos por asfixia –siete, llegó a contar– le obligaban a inhalar profundamente.

–Hacemos cuanto podemos –dijo Salvador.

–¿Lo suficiente?

Tres segundos de silencio. Tras la pantalla facial, formando una línea oscura entre las cejas, el doctor le dirigió una mirada directa.

–Lo suficiente, lo necesario, y más.

Cerca, sonaba rodando la silla que empujaba una enfermera. Salvador miró hacia el parte y luego miró de nuevo a Santiago.

–Necesitará un respirador –dijo.

–Pues tráigalo.

El doctor tardó cinco segundos en responder.

–No es posible, aún –dijo en tono profesional–. Quedan pocas unidades. Una; quizá dos. Por protocolo, atenderemos primero los casos más graves.

–Entiendo –mintió.

La tos carrasposa sonó con mayor arrastre. Salvador dijo que volvería enseguida y acudió al enfermo que tosía. En este momento Santiago Crespo escribió al grupo de Gabinete de Presidencia: «Necesito respirador. Encontrar y traer» y pulsó enviar.

Sosegada la tos, Salvador volvió repasando con atención la unidad. Cuando estuvo frente al político dijo:

–¿Necesita algo?

–No –mintió de nuevo. Y cuando Salvador reiniciaba la marcha:

–Doctor –dijo­–. ¿Me trae otra almohada?

II

Jamás olvidaré el fuerte olor antiséptico –demasiada lejía vertida en cubos con muy poca agua– de este lugar.

Aquí, en la entrada, todos se preparan o se desvisten de su armadura de biorriesgo. Desajustan la pantalla facial; el delantal sale hacia delante formando cuatro puntas con las mangas y la falda, como recogiendo un cubrecama sucio; se desvisten del traje sacando los hombros por arriba, después un codo, el otro, sigue hasta las muñecas, y sin soltarlo, llevan el tejido hasta apoyarlo en el suelo para finalmente sacar una pierna primero y otra después; para lo último llevan el dedo pulgar al interior del otro guante y luego hacia arriba, entonces la mano libre arrastra hacia fuera el primer guante hasta formar un ovillo azul que va directo al material desechable. Tan absorbida estaba por aquel ambiente que no percibí el aviso de la mujer de iris verdes que esperaba a mi lado.

–¿Entras? –dijo.

No sonó agradable como para ser una invitación, ni inflexible como una orden, sino como la manera directa de averiguar si era de las que llegaba a luchar o de las que se replegaba para luego volver. Moví la cabeza diciendo sí, y me ayudó a vestir en silencio: mono blanco, delantal, cinta a presión alrededor de muñecas y calcetines sobre las botas, guantes, mascarillas; terminó de ajustarme la pantalla y me preguntó mi nombre, se lo dije y lo escribió sobre mi traje. Cerrando el rotulador me dijo:

–Ya puedes entrar en la zona sucia.

El campo de hileras se pierde en el horizonte. No puedo vivir con esta asfixia.

I

Esos aplausos… ¿Se irá alguien? Ay, diosito. Que se vaya, que se vaya.

Desperté. Alrededor, los vecinos duermen, o lo parece. Me gustaría preguntárselo, pero, a mi edad, es difícil hacerse entender con esta cosa del oxígeno en la cara.

Al ver que a dos metros junto a mí la enfermera ayudaba a incorporarse sobre la cama a mi vecina amiga, pensé estar atenta para acompañar los aplausos cuando ésta se marchara a casa, pero tan pronto vi que la enfermera le subió la camisa del pijama y movía el estetoscopio frío por su espalda, contuve mi ánimo. La enfermera acostó a mi vecina amiga y seguidamente me dirigió su mirada tras la pantalla. Viendo la enfermera venir era imposible adivinar sus intenciones. Sólo me habló cuando, a mi lado, tuvo mi mano entre las suyas.

–Hay un respirador para usted, Pura. En el hospital.

Nos quedamos mirando la una a la otra, como esperando una reacción o una palabra, pero a mí ya me pesaban los años. Pensé que, al final, cuando escuchara los aplausos y saliera, me quedaría para vivir los marcos con fotografías en las paredes, una vieja voz varonil y familiar en el pensamiento, la mitad vacía de la cama y este anillo, recuerdo de matrimonio. Sonreí como por instinto al sentir cercano un susurro viejo y familiar, y la enfermera me devolvió la sonrisa. Se marchó en el instante en que le dije que ya no me iría de este sitio, y cuando regresó acompañada de otros acepté que ahora tendría que explicarlo todo.

0

Semanas después pudo leerse en los diarios de la comunidad.

Sucesos.

Varios detenidos por malversación de respiradores artificiales.

Política.

Santiago Crespo, curado: “Mi patria fue mi oxígeno. Ella me sostuvo”.

Sociedad.

Muere mujer de 90 años que cedió su respirador: “Tuve una buena vida. Ahora les toca a otros”.

Hablamos con el personal sanitario del pabellón 5: “Aquí hemos visto cosas heroicas. No todos los héroes llevan capa”.

Ciento veinte escalones, de Mayte Blasco, es el relato ganador del concurso de historias sobre #NuestrosHéroes 

Puedes leer todas las historias finalistas en el siguiente enlace:https://www.zendalibros.com/ganador-y-finalistas-del-concurso-de-historias-sobre-nuestrosheroes/#.XpnA75TZzgc.facebook

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