Con recetas del pasado se pueden hacer buenos guisos (por Manuel Fernando Martín)

De siempre, recuerdo oír de los mayores, que lidiaron con los malos tiempos de posguerra, lanzar premoniciones negativas sobre cómo las nuevas generaciones estaban encaminando su futuro, manifestando desconfianza en el porvenir. Nuestros mayores no asimilaban, y les enfadaba, ver los terrenos baldíos, el agua corriendo barranco abajo, o el pasto secándose, sin que fuera aprovechado para los animales.

Pancho Negrín, preguntado por la cantidad de maleza y de zarzas que se habían adueñado de terrenos y caminos, con sorna, solía decir que no habían más zarzales que antes, que había uno solo, pero que este empezaba en Morera y acababa en los Andenes del Tión, es decir, que lo cubría todo, como un contínuo.

Los bloques no se pueden comer, era otro decir frecuente.

Rincones del Atlántico

Interpreto que para nuestros padres resultó también difícil aceptar, y aún hoy en día nos sorprende, que un largo periodo de paz, comodidades, y bienestar creciente, se hubiera instalado paulatinamente en nuestra isla, sin que tuviéramos que coger más terrenos “de medias”,criar más reses, plantar más papas o aumentar la exportación de plátanos.

El turismo, el ingreso en la Unión Europea, los cuidados medioambientales y unas rentas pasivas provenientes de diferentes ámbitos de la administración, habían tomado el relevo al sector primario; y sin embargo ahora se vivía mucho mejor, y lo que era más incomprensible para ellos es que, todo se hacía al margen, y casi de espaldas, al campo, que desde el comienzo de los tiempos había sido baluarte económico de la sociedad.

Los nuevos tiempos de bonanza, corrían al margen de buena parte de los valores y enseñanzas del pasado, y los llanos, tanques, acequias, caminos, talleres, hornos, lagares o presas, que tanto esfuerzo les supusieron y que otrora fueran símbolos de la economía rural se hallaban ahí, mudos, deteriorados e infrautilizados.

Esa nueva economía, trajo otra percepción de la realidad y un modo de pensar desligado, e incluso desconectado del pasado. A mí me ha acompañado desde que retorné a la isla, y es el marco bondadoso que han tenido de referencia mis hijos.

Con algún altibajo, todo transcurría así hasta que se sucediera este apagón sanitario y socioeconómico.

De pronto, por sorpresa, nos quedamos medio a oscuras y parece que nos toca andar a tientas durante un tiempo. A tientas porque  la incertidumbre te bloquea, y por otro lado, muchas de las voces que guían no consiguen tranquilizar, ni tampoco generar excesiva confianza.

Y escuchamos invitaciones a la reflexión, al cambio, a “resetearnos”, a ver la crisis como una oportunidad única para mejorar, personal y colectivamente.

Y a pesar del escepticismo, propio de una cultura y una mentalidad algo acomodada e inmovilista, e impropio para alguien que cree y trabaja en la proactividad, y en el desarrollo endógeno, basado en el esfuerzo colectivo; yo también me creo que el futuro no traerá únicamente calamidades, sino que abre las puertas a escenarios prometedores para los que trabajamos y vivimos en zonas rurales.

Y buscando a qué agarrarme y pintarme el futuro con algo más de claridad y optimismo, no encuentro mejor modo que volver la vista a los valores y recetas que regían en un pasado no tan lejano. No sería la primera vez que buena parte de las certidumbres del viaje hacia futuro se encuentran en un pilotaje basado en las lecciones del pasado.

Y del pasado aprendemos que no hay que gastar mucho más de lo que realmente puedes ahorrar o generar. Si le debes al banco, te lo cobrará con creces, y si es la administración quien se endeuda, al final el más débil terminará pagando la factura, muchas veces a modo de exclusión social y empobrecimiento para los sectores más débiles de nuestra sociedad.

Se aprende que la trabajosa apertura de caminos, y el cuidado del monte durante décadas, nos regala, hoy en dia, un Garajonay que es oxígeno, y unos senderos que son salud; y que, ambos, constituyen buenas excusas para que de todo el mundo nos visiten, coman en nuestros restaurantes, paguen las facturas de nuestro alojamiento y que finalmente se vayan a casa con ganas de volver.

Que el espíritu de colaboración recíproca que regía en el “peón vuelto” o en aquellas faenas que se hacían en grupo como las siembras, las cosechas, echar azoteas etc. vuelven a tener vigencia en el “trabajo en red” que ahora preconizamos. El peso compartido es menos peso, para ello nada mejor que cargar a la “remúa”.

Que la tranquilidad, la salud, y la seguridad, valían y valen mucho. Recuperar estos tres valores para el turismo en Canarías va a costar algo, sin embargo hace dos meses los teníamos sin otorgarles el peso que merecían.

Que vivir en, o por la familia no es nada malo. Lo que no funciona bien es el egoísmo y la falta de diálogo, pero eso se prodiga dentro y fuera del núcleo familiar.

Que comer sano, antes y ahora, es clave para la salud física y mental. Y para comer sano es necesario o tener mucho dinero, o mimar al máximo nuestra agricultura, nuestra ganadería y nuestra cocina.

Que antes y ahora, cuando alguien pide un favor, más tarde que más temprano, hay que devolverlo. Nada es gratis, aunque así aparente, y de la oferta de duros a cuatro pesetas mejor desconfiar.

Que antes hubieron buenos políticos, sí. Pero los de ahora considero que no son peores, pero, en todo caso, ni de unos ni de otros habría que esperar que hicieran los deberes que les corresponde a la ciudadanía.

Que la pobreza, llevada con honradez y trabajo, es una circunstancia de la que se sale más temprano que tarde.Y cuando superas el bache, tú, y quienes de tí aprenden, son más fuertes y más capaces.

Por último, vuelvo la vista a una circunstancia que, aunque parezca mentira, antaño no se percibía tan trascendental, pero que hoy en ha tomado un protagonismo capital, y es que unas administraciones y servicios públicos fuertes, capaces, preocupados y eficaces son necesarios para ayudarnos a encontrar caminos de salida y acompañarnos solidariamente.

Manuel Fernando Martín Torres

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