Despertar para luchar por nuestro futuro

Una visión diferente para afrontar las consecuencias sociales de la pandemia. La intención es favorecer una reflexión ante el panorama que nos planteaeste nuevo problema al que nos enfrentamos y al que debemos encontrar soluciones adecuadas. No podemos permanecer indiferentes, ni dejarnos llevar por el autoengaño. Hay que despertar del letargo producido por el golpe de la pandemia y el confinamiento. Debemos ser activos, estudiar los errores cometidos, aprender de ellos, para después transformar esas debilidades en fortalezas. Necesitamos conocer los hechos y circunstancias que nos han llevado hasta esta parálisis tan brutal y repentina. Así podremos superar antes este bloqueo por la vía más adecuada, sin el riesgo de que se repita.

Empecemos por contextualizar el momento histórico en el que estalla la propagación del virus, que llega justo como una tormenta perfecta con los elementos siguientes:

1.- Una economía “productiva” debilitada, tras años de crisis, con fugas de inversiones y producción a otros países, que castiga a una población esquilmada y decepcionada con el mito de la clase media. Un sistema bancario cuyas elites maltratan con desprecio a pymes, autónomos, trabajadores y pensionistas, a la vez que compran participaciones en los grandes grupos de comunicación. Unos sectores empresariales como el turismo y la construcción atrofiados por gigantismo, con poca capacidad de adaptación, aunque con gran influencia sobre el poder político. El sector comercial desarmado ante la expansión de grandes superficies y las ventas “on line” desde el extranjero. Una economía financiera que aplasta cualquier limite que le pretendan establecer y navega libre en un océano de especulaciones donde circulan cantidades multimillonarias de dinero. Los sectores agrario, ganadero, pesquero y artesanal sin fuerzas, aunque son los productores de alimentos hace décadas que han sido abandonados e infravalorados por los gobernantes. El sector del transporte al que se le aplican remiendos sin mirar al futuro de manera estratégica ni planificada.

2.- Una larga crisis política con muchos frentes: 1.La larga marcha durante meses para la formación de un gobierno estatal “estable”, finalmente de coalición, que ha estado entretenido en rencillas internas.2. El omnipresente terremoto del conflicto catalán con sus réplicas y contra réplicas que retroalimentan a los intereses de ambos extremos de la cuerda. 3. Un presupuesto estatal prorrogado desde otra legislatura y otro gobierno. 4. Crispación política permanente. Una clase política, corta de miras, sin diálogo en asuntos claves y estructurales, atascada en temas de segundo orden como el traslado de los restos de Franco o el veto parental. 5. Ex presidentes de gobierno inoportunos con más afán de protagonismo que de ayudar. 6. Muchos políticos profesionales. Gran parte de ellos de bajo nivel, con poco interés en el bien común, más centrados en su ego y su bolsillo. 7. Batallas de comparecencias y notas de prensa dirigidas másal desgaste del contrario, que a los asuntos de mayor relevancia social. 8. Prioridad del marketing delos “líderes”, frente a la divulgación de valores necesarios para promover la motivación e implicación de la sociedad. 9. Una ciudadanía desengañada, frustrada, apática, derrotista, conformista y empobrecida, que es más afín a la superstición que a la ciencia, centrada en sobrevivir y quees presa fácil de la manipulación. Una población acostumbrada a tolerar injusticias y corrupción, siempre que sus “pequeños privilegios” y “la seguridad de su estatus social de escaparate” no se pongan en riesgo. Una sociedad acrítica que se sienta ansiosa ante un televisor para consumir, no información veraz, sino ocio y morbo carroñero. Esa sociedad que recibe un bombardeo de bulos y los replica como una máquina, que no piensa si los mensajes que recibe y repite son ciertos o no, que no se plantea si es objeto de una manipulación para sembrar odio, crispación o enfrentamientos sociales. Una sociedad incapaz de plantearse si las consecuencias de replicar bulos pueden causar perjuicios a otras personas, por ejemplo, saturando servicios de emergencias. 10. Una jefatura del estado de pocautilidad.

3.-Guerra mediática e intoxicación informativa. Los grandes grupos de medios de comunicación, especialmente las televisiones, se han enzarzado en una falsa guerra ante la audiencia. Mientras en la trastienda se han repartido el millonario pastel publicitario abandonado por RTVE. Estos grupos han convertido el derecho a la información veraz en un producto de consumo empaquetado según su interés. Su lema podría ser “la audiencia primero que la verdad”. A más audiencia más caro cobran la publicidad. La verdad se sacrifica para aumentar la audiencia, a base de morbo, crímenes, prensa rosa, etc. El objetivo es distraer, aislarnos, enfrentarnos, hacer de la política un espectáculo desacreditado en el que siempre aparece un señuelo, un mal gesto, un insulto, para llamar nuestra atención e impedir el análisis sobre los asuntos importantes, empleo, sanidad, justicia, energía, etc.

Nos encontramos con una tormenta perfecta levantada sobre los elementos mencionados. Una población conformista, mal informada por medios de comunicación sensacionalistas o por redes sociales mediante bulos o campañas de intoxicación informativa. Más unas autoridades y una clase política desacreditadas.A eso se suma una economía “productiva” débil. Solo falta un golpe para que el castillo de naipes se derrumbe ante nuestras caras, sin tiempo a reaccionar. Con todo esto, tenemos que esa tormenta perfecta presenta dos caras, una es la pandemia y la otra cara es la economía. Sin embargo, la realidad es que este problema se venía generando antes de la llegada de la pandemia ya que habíamos consentido convertir nuestra sociedad y sus derechos en un castillo de naipes débil y decadente. No nos hemos preocupado por la defensa de nuestros derechos colectivos, los hemos dejado en manos de los lobos. Nuestros “líderes más reputados” nos habían dicho que para progresar más rápido teníamos que volar en su avión, cuando nos subimos, nos dividieron, no había paracaídas para todos, lo aceptamos resignados, más tarde aceptamos recortar en combustible para aligerar la carga y llegar más lejos. Nos dijeron que no había otra alternativa. Nadie pidió aterrizar en el aeropuerto más cercano a nuestra realidad. Ahora planeamos en el aire sin combustible y con la incertidumbre del aterrizaje. Nuestro castillo de naipes se tambalea. Debimos cuidar nosotros mismos de nuestros derechos colectivos, no confiarlos a otros. Debimos reclamar paracaídas para todos o al avión no subía nadie. Debimos rechazar el recorte de combustible y aterrizar en un lugar más cercano a nuestra realidad y capacidad.

Sin embargo, eso ya es el pasado. Solo sirve para aprender una lección que no debemos olvidar. Para que no vuelva a suceder. No vimos que la fortaleza de nuestro sistema, por paradójico que parezca, era la carencia de debilidades, no solo fortaleza en sí misma. Nuestra fortaleza, no era tener una tripulación seductora, era tener una buena red asistencial, buenos servicios públicos, eficientes y bien dotados. Paracaídas para todos, el combustible necesario para llegar al destino, una tripulación bien preparada, y sobre todo unos pasajeros responsables que sepan el lugar de destino, lo que pagan y reclamar cuando las cosas no van correctamente y no se dejan embaucar fácilmente.

Toleramos recortes en nuestro sistema sanitario público, así como la temporalidad, la precariedad laboral del personal sanitario y auxiliar, con turnos de trabajo de tortura. Nos quejábamos de las listas de espera, pero no reclamamos que se dotara de personal y se convocaran las oposiciones de sanidad que llevaban paralizadas muchos años. Pusieron palos en la rueda de la sanidad pública favoreciendo a la privada y callamos. Todos esos recortes y abusos que consentimosahora se han vuelto en nuestra contra. Por otro lado, tenemos a las residencias de mayores y servicios sociales, con un panorama aún peor que la sanidad pública, pues si los centros sanitarios son visibles para los ciudadanos que tarde o temprano pasa por ellos. No ocurre lo mismo con las residencias de mayores pues son casi invisibles sino tienes a algún familiar interno. Una de las hipocresías, de nuestro tiempo, es que queremos mejores pensiones, pero olvidamos cuidar de las condiciones de los lugares donde tal vez lleguemos aingresar. La situación de las residencias poco a poco se va descubriendo, también están infravaloradas, hay precariedad laboral, temporalidad, alta tasa de bajas laborales, turnos de trabajos inhumanos, que dificultan la conciliación familiar, falta de recursos y de personal cualificado con vocación, incumplimiento de las ratios de proporción entre usuarios y personal, vacaciones a cuenta gotas, falta de infraestructuras adecuadas. Falta vigilancia del cumplimiento de la normativa de las instalaciones, como accesibilidad, evacuación de emergencias, etc. Servicios sociales, mayores y la dependencia en el vagón de cola del reparto del dinero público. ¿Subirías a un avión en el que sabes que el piloto lleva días sin dormir?

Volvamos a nuestro castillo de naipes. Todos los problemas y fallos estaban ahí, ante nosotros. Sin embargo, permitimos que debilitaran la sanidad pública. Vemos que nuestra inacción e indiferencia se ha vuelto en nuestra contra. Hemos visto derrumbarse el castillo por la aparición de un virus que siembra la desconfianza por su facilidad y velocidad de contagio. Un enemigo invisible, que ataca con más fuerza a los más frágiles de salud, como las personas mayores, y obliga a todos a confinarse para evitar propagar más la enfermedad y sobre todo evitar el colapso de los centros sanitarios ante una posible avalancha de enfermos.En estos días, de confinamiento y el miedo, ¿hemos aprendido a valorar de verdad la labor del personal de la sanidad pública? Teníamos que perder nuestra libertad y estar en riesgo nuestra salud y la de nuestros seres queridos para valorar la importancia real de lo que nos rodea.

No es malo aplaudir, tocar el tambor o silbar, para expresar apoyo y mantener la moral alta. Sin embargo, todos sabemos que esos actos para el futuro, no sirven para mucho más que para dar ánimos y desahogarse. Con aplaudir no acabamos con el problema de fondo, la precariedad laboral y de falta de medios en la sanidad. Aplaudir o salir a la ventana no nos va a curar, ni a salvar la vida, lo sabemos. Debemos ir más allá, profundizar y cambiar muchas cosas de las que formamos parte. No sirve evadirse de la realidad con fotos de mares, apuestas de sol, etc. para quitarnos la negatividad. Seguramente el personal sanitario necesita y agradece más nuestro apoyo en sus demandas laborales y petición de recursos. Ahí coinciden sus derechos con nuestro beneficio vital y social. Estamos abatidos, pero no estamos vencidos. Tenemos varias opciones: una, caer en el pesimismo del catastrofismo apocalíptico, con lamentaciones hasta el día del juicio final. Dos, caer de nuevo en el autoengaño y la apatía. Escondernos bajo una manta, repetir errores, esperando a que venga un “supuesto buen pastor” a guiarnos otra vez a los mismos pastos, a cambio de nuestra fiel servidumbre. Tres, optar por la vía más difícil pero más liberadora, despertar, levantar la cabeza y luchar por recuperar el control de nuestros derechos y recursos, no caer en el individualismo, no permitir que nos dividan, hacer frente común y solidario ante las adversidades. Entre todos aportar ideas, recursos y buscar nuevas oportunidades. Churchill prometió a los ingleses sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor para alcanzar la victoria frente a Hitler. Nosotros no estamos en unas condiciones tan complejas. El virus será vencido y la economía reactivada, pero en esta lucha no dejemos que el miedo devore nuestra libertad, seamos responsables. Sabemos que no hay recetas mágicas, que por delante nos queda un camino que no será fácil pero cuanto antes nos pongamos en marcha, antes llegaremos a nuestro destino, sin tutelas ni cadenas, venceremos. 

En homenaje a los que faltan y a las personas luchadoras por un mundo mejor.

Felipe Clemente Morales.|Abogado

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