La incineración que contamina la atmósfera en plena batalla por el cambio climático

El progresivo aumento de estas instalaciones pone al gremio frente al espejo con un tema candente: la protección del medioambiente. La “incineración de cadáveres humanos o restos de exhumación” está recogida dentro del catálogo de actividades potencialmente contaminadoras de la atmósfera (CAPCA) y ha obligado a las empresas del sector a una serie de precauciones que han convivido históricamente en un clima de vacío legal al no haber uniformidad en la legislación.

Ante esta situación, en 2018 el Gobierno se puso manos a la obra para, junto con las Comunidades Autónomas, crear una Guía de Consenso sobre Sanidad Mortuoria en la que se propuso una serie de medidas, entre otras cosas, para contener el posible impacto en la emisión de gases de los hornos crematorios.

La Guía ponía en el foco de atención “los gases de combustión, el ácido clorhídrico, las partículas, el mercurio, el carbono orgánico total y las dioxinas y furanos” y emplazaba a que los futuros centros jamás se localizasen a menos de 200 metros de núcleos poblacionales o espacios vulnerables (con presencia de personas de avanzada edad o menores de edad, entre ellas) y preferentemente en “suelos de clasificación industrial”.

Frente a este problema, las empresas tratan de ajustarse a los requerimientos de la normativa europea, que actúa de faro frente a la falta de uniformidad en España. Octavio Sardá, de Mifora, asegura que “la incineración debe ir rigurosa y estrictamente ligada a un proceso de filtración” y que “hoy no se entiende” un equipo de cremación sin estos equipamientos.

En palabras de Sardá, estas instalaciones ya necesitan de la homologación europea y recogen “las partículas de sólidos en suspensión, mercurios, sulfuros y furanos”. El empresario pone el foco sobre los centros de menos de 800 cremaciones al año, los que no están obligados aún a tener filtro, pero es optimista respecto al resto: “Con esta tecnología no haría falta, se podría poner un horno crematorio en mitad de un centro urbano sin riesgo”.

Félix García, de Funeco, no lo tiene tan claro: “Para nada concibo que incluso con los filtros no contaminen”. Bajo su punto de vista, los altos costes de los filtros a los que empieza a obligar la Unión Europea (“en torno a unos 600.000 euros) hacen que todavía “muchos no los tengan”.

“En el proceso de combustión se generan dioxinas, los componentes derivados de la combustión de tejidos: plomo, mercurio, azufre…estas dioxinas, agentes contaminantes que se lanzan al aire, a la troposfera y caen hacia abajo porque la Tierra es un sistema cerrado”, explica García, que también hace mención a los clavos, maderas, lacas e incluso sedas que contienen los ataúdes.

Pero no solo la cremación acarrea problemas de contaminación. Los entierros tradicionales llevan consigo la llamada “mancha verde cadavérica”, los fluidos (lixiviados) derivados del proceso de putrefacción que van a parar al subsuelo y que afectan a las aguas freáticas. Por tal razón, en la actualidad se están investigando nuevos procesos que buscan reducir al máximo el daño al medioambiente y la mayor sostenibilidad posible.

La hidrólisis alcalina y los entierros ecológicos, alternativas aún experimentales que buscan una mayor sostenibilidad en el último adiós

Octavio Sardá pone la de su empresa encima de la mesa: “Se congelan los cuerpos a muy baja temperatura y el cuerpo queda como un cristal. Después, con un ultrasonido se rompe y luego lo hidrolizan”. Explicada de somerísima manera, es la hidrólisis alcalina, que deja un único problema: el de evacuar los líquidos que deja. El proceso se está llevando a cabo en EEUU, uno de los países con técnicas más avanzadas.

Félix García aporta la de Funeco: lo que se ha encargado de llamar ‘entierros ecológicos en cementerios ecológicos’. Someter a los cadáveres a un proceso de nitrógeno líquido para que desalojen todos sus fluidos (aproximadamente el 70%, según el Instituto Anatómico Forense), que es donde se acumulan los productos químicos, que van a parar a una bombona de lixiviados donde se analizan y destruyen con geles y sustancias enviadas a un colector urbano a la planta depuradora: “El cadáver, una vez esterilizado, serviría de compost a un árbol en un ataúd de reducidas dimensiones”. Una prueba (aún experimental) más contra un cambio climático al que se trata de combatir desde todos los frentes, incluso desde el ‘más allá’.

Sergio de La Cruz/eleconomista.es

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