La partida de Ajedrez de Angelito (por Carlos J. Pérez Simancas)

A mis primos Miguel Ángel Cruz Casañas y Francis. Mi pésame para ellos y toda su familia.
La familia Megolla, en su rama occidental somos todos parientes. Una rama de muchas hojas pero con lazos fuertes. Esta  germinó en Guía de Isora y como las esporas de un diente de león, cruzó el mar y llegó a florecer en tierras gomeras. Mi bisabuela Armida era Megolla. Cariñosa, prudente, precisa y sólida como una roca, me contó la historia de su familia para que yo algún día se la contara a mis hijos. Ella me decía que yo tenía mucho de su hermano Ángel. No lo conocí, pero son ya muchos los que me dicen que me parezco a: Angelito » Guinea». Apodo que le vino por un destierro forzoso durante la mili. No era hombre de acatar más autoridad que la de el mismo, y se vio destinado como castigo a la otrora colonia española en la costa atlántica de África.
Ángel era conversador, socarrón y listo como la tea. Amigo de soliloquios que de vez en cuando dejaba escapar ese temperamento propio de los Megollas, que venía ya aderezado con el de los Hernández de San Sebastián.
Un día, así me lo contaron en la venta de Rosa, vino un médico a Playa de Santiago a través de la empresa de Rodríguez López. El Hospitalito que estaba en Tecina, fue el primer centro hospitalario de la isla. Al menos el primero en contar con un paritorio. Pues allí llegó este doctor venido de tierras peninsulares. Los primeros días, esos de aclimatación, merodeó por la zona y empezó a frecuentar la venta de Pepe Velázquez. Un día, ya el galeno había cogido confianza con los parroquianos, preguntó, sí sabían de alguien que jugara al ajedrez. Los presentes se miraron y les dijeron que un tal Angelito, jugaba solo en la mesa de la esquina y se pasaba las horas con su tablero.Allí él, mi tío Ángel, hablaba, discutía e interpelaba a su contrincante imaginario. El médico, pidió concretar una cita con ese fascinante jugador. Los que estaban por allí, no se hicieron esperar y fueron a buscarlo. Pensaban que, por fin alguien había venido para dar su merecido a «Guinea». Él decía, que jugaba y hablaba solo porque allí en esos alrededores no tenía con quién hacerlo. Ángel vino de una prolongada siesta y fue oportunamente presentado a su elegante contrincante. La noticia había corrido por Tecina. Y la expectación iba creciendo con cada vecino que se agolpaba en la minúscula sala. Todos venían a reírse de Ángel. Todos venían a verlo morder el polvo del suelo de los derrotados. Como si fuera la legendaria partida de Fischer contra Spassky, el público guardaba un silencio sepulcral. Sólo se oían los siseos de aquellos que mandaban a callar a otros que venían con mucho jolgorio.
Se sientan los jugadores y se dispone la partida. Antes de empezar, eso sin tiempo programado y a partida ‘in eternum’, Ángel dice que hay que jugarse algo. El público advierte que lo justo es la ronda, o sea pagar lo que se había consumido. Pepe Velázquez sirve unos tragos, mueven blancas…Y Angelito pierde la partida.
Las risas, las bufas y los vacilones no tardan mucho en aperecer en la improvisada cantina. Ángel había perdido y allí había gente para recordárselo.
El perdedor no pierde el sitio y pide la revancha. El ganador sabe que es lo justo y accede. La apuesta: Doble o nada.
Se dan las manos como perfectos caballeros y… Ángel pierde otra vez. Aquello era apoteósico, gente por el suelo y con mandíbula batiente. Muertos de risas a costa de un pobre Angelito que seguía en su sitio.
Ángel pide al médico otra oportunidad. Le explica que son sus vecinos y que no podía dejarlo en esa tesitura. El médico no queriendo hacer leña del árbol caído, se excusaba y quería alejarse de allí. Pero seguía llegando gente. Entre todos convencieron a un dubitativo doctor que se vio sin escapatoria.
Aceptó una tercera y última partida.
Era tanta la gente que tuvieron que sacar la mesa a la calle. Ángel, salió a la calle entre burlas. Seguía impasible. El médico iba detrás de él, crecido ya, por aquel nutrido grupo de Fondo Sur allí congregado.
El doctor, mira a Ángel y le dice que se iban a jugar. Él le dice que si gana, Ángel tiene que invitar una ronda a todos los allí presentes. Y si ganaba Ángel, ésto entre las risas del personal, le pagaría un mes todo lo que bebiera en aquella cantina.
Se dan la mano, hay quien va a socorrer a Ángel sabiendo de su exigua economía. Pero en vano logran convencerlo.
El médico aupado por sus nuevos fans, iba a dar la puntilla aquel pobre desgraciado.
Se disponen las piezas, mueven blancas y…En sólo tres movimientos: ¡ Jaque mate!
El médico, palideció, el público enmudeció y Ángel con un gran suspiro de resignación le dio la mano a su petrificado contrincante.
Ángel, ganó.
Estudió a su oponente y cuando tenía la plaza llena, acabó la partida con una estocada rápida, sorpresiva e indolora. Ángel sin decir nada se abre camino entre la gente, habla con el tendero,este le despacha una botella de aguardiente y sólo se limitó a señalar al destinatario de la cuenta.
El médico sólo volvió por la venta a pagar una abultada y disfrutada cuenta. Un gomero le había dado una lección vital y es que ya lo dice el refranero: quien ríe el último….
Ángel siguió a lo suyo después de aquello. Siguió en su esquina jugando sólo y discutiendo contra su verdadero enemigo.  Ese no era otro que el mismo…
Carlos Jesús Pérez Simancas

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