Mi tía Merci (Por Carlos Jesús Pérez Simancas)

Una noche de mis trece años me había quedado dormido viendo la tele en casa de mis abuelos. Aquel día era un viernes, mi abuela ya se había acostado y mi abuelo estaba con su emisora escudriñando las ondas hertzianas. Como les decía, dormía hasta que una sacudida me despertó de mis sueños. Mi abuelo me apuró a que lo acompañara así que me levanté. Casi dando traspiés, dormitado fui por el pasillo hasta la habitación donde mi abuelo tenía los equipos de radioaficionado. Mi abuelo, se sentó y empezó a decir como un mantra: “¡Aquí Eco, Alfa, 8, kilo, tango! Lo repetía, una y otra vez mientras yo veía la escena desde la puerta. De repente entre el crispear de los altavoces una voz se abre paso. Era un hombre, que después de dar su indicativo, saludaba afectuosamente a mi abuelo que con cara de:¡Lo logré!, miraba a donde yo me encontraba. La voz era modulada y distorsionada por el ir y venir de las ondas. Después de un silencio, casi me voy de bruces, a través de los altavoces era mi tía Merci quien nos saludaba. Mi abuelo había contactado con un misionero vasco en las islas Vanuatu, allí donde Thor Heyerdhal tocó tierra con su ‘Kontiki’.En una era sin internet, ni teléfonos móviles, mi abuelo había contactado con mi tía y la expedición “La Gallega” que estaban circunvalando el globo con su antena y mucha paciencia. Allí estaba mi tía, en medio del Pacífico hablando con nosotros. Nos contó su viaje por aquella islas, que tenían previsto ir hasta las Fiji para poner luego proa a las Tahití. Ella me digo que estaba feliz, que nos echaba de menos y que me llevaría un regalo ( fue un Boomerang de Australia). Nos contó que una isla le dieron lo mejor que tenía y era un plato de carne…de perro, me diría mucho tiempo después que se lo comió con gusto y que sólo fue al final cuando le dijeron lo que era.

Esa era mi tía, valiente, audaz e inquieta. Veo en sus hijas la misma mirada lo que me hace comprender que nunca se fue. Sólo se proyectó. A ellas, mis primas, les regalo libros como su madre hiciera conmigo, esperando que germine la semilla de la curiosidad.

Ese viernes por la noche lo atesoro como algo muy bonito en mi niñez. Apenas ella tenía 27 años y estaba dando la vuelta al mundo. Aquella Navidad quiso sacarse una foto conmigo, era fin de año y entrábamos en el 92. Esa foto siempre la llevó a todas sus aventuras (porque hay más), hasta el último de sus días.

Escribo esto en un aeropuerto en pleno viaje, y no veo mejor homenaje. Porque ella nos enseñó que el futuro siempre está detrás del horizonte.

Siempre te recordaré,

Tu sobrino Carlitos

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