Las paladas de cenizas que barrí (Por Eduardo Duque)

Hoy, hace cinco años, viví uno de los días más largos de mi vida. El desastre del fuego, la connivencia de una ola de calor, la estupidez humana y una sequía maquinadora se juntaron para hacerle vivir a La Gomera una de sus peores tragedias. Nunca olvidaré la imagen de la Fortaleza ardiendo, las paladas de ceniza que barrí en el patio de casa, depositadas ahí por una columna de humo que, de Imada a Benchijigua, parecía querer adelantar la noche en plena tarde. Aquellos días los pasé poniendo en décimas la angustia, contando lo que veía y sentía, y así, en más de cien décimas (¡Mil versos!) tengo un diario triste que me gusta leer de vez en cuando para valorar un poco más la suerte y la responsabilidad que supone vivir en estas islas.
Hoy quiero compartirles una pequeñísima parte de ese relato. Lo que estas décimas cuentan pasó un 4 de agosto, como hoy, pero de hace cinco años. Ojalá nunca más tenga que escribir algo así.
…Una ola de calor
Declarada el día tres
de agosto de por sí es
preludio de lo peor.
Surgió un fuego abrasador
A las tres del mediodía;
un conato parecía
Cuando nació en las Paredes,
Y pronto extendió sus redes
A causa de la sequía.
Como el viento de levante
De monte a costa soplaba
Rápidamente avanzaba
El incendio hacia adelante.
No cesaba ni un instante
Su marcha la llamarada,
Y sobre el Paso asomada
por brisa tan virulenta,
penetró sin darse cuenta
entre las casas de Imada.
Que la isla no tuviera
Ni efectivos ni otro medio
Provocó que sin remedio
El incendio se extendiera.
No respetó carretera,
Ni los reales caminos.
Ardieron huertos, molinos,
Y establos como un rastrojo,
Obligando al desalojo
De Imada y de sus vecinos.
Manda la Guardia Civil
Abandonar el poblado,
Dejando el barrio entregado
Sin más al incendio vil.
La población juvenil
La anciana de igual manera,
Debió salir para afuera
Dejando atrás sus corrales,
Sus huertos, sus animales,
Sus casas, su vida entera.
Pese a que Imada sufrió
Del fuego un duro zarpazo,
a la Ermita del Buen Paso
el incendio respetó.
A la Virgen profesó
El fuego temor profundo.
Ni se acercó el iracundo
Incendio a la Virgen bella;
El poder de Dios y el de Ella
Es lo más grande del mundo.
Con un impasible afán
Continúa el trance aciago
Circundando incluso el drago
Centenario de Agalán.
También los vecinos han
Huido del fuego horrible,
y es tan espeso y terrible
el humo que se extendió
que por toda Alajeró
respirar es imposible.
Los vecinos evacuados
de las distintas regiones
se acuestan sobre colchones
en lugares preparados.
Muchos fueron alojados
Por la familia cercana,
Pero ¿quién de buena gana
Se podría recostar
Sin saber bien si su hogar
En pie seguirá mañana?
El fuego sigue en la cumbre
Andando con rapidez,
Mientras la Gomera es
Un nido de incertidumbre.
“Que la Virgen nos alumbre
Y libre de este calvario”.
Yo con amor solidario
Ante situación tan dura,
Rezaba a la Virgen Pura
Los misterios del Rosario.
Cuando nuestras armas son
escasas e insuficientes,
¿quién con plegarias fervientes
no pide a Dios protección?
Las llamas ya cuentan con
Territorio muy extenso,
Y yo del temor suspenso,
Igual que hacía mi abuela
Prendí de aceite una vela
Al Glorioso San Lorenzo.
El viento de ruta ambigua
No ha dejado de soplar
Y el fuego empieza a asomar
Al Valle de Benchijigua.
La oscura noche atestigua
La tragedia ya cercana;
El salvar la vida humana
Ante cualquier situación,
Motivó por prevención
La evacuación de Pastrana.
Pastrana, Taco, el Rumbazo,
Y las casas del Cabezo
Fueron por este proceso
Evacuadas paso a paso.
El temor a que un chispazo
Hiciera un fuego brotar,
Obligó a desalojar
Sin ninguna opción la zona.
Tampoco quedó persona
Residente en Guarimiar.
El fuego no sólo afecta
a zonas meridionales
desde que en Los Manantiales
otro foco se detecta.
Así de forma directa
Chipude se vio afectado;
Aquel fuego declarado
Encima de las Tajoras,
Causó a Chipude las horas
Más amargas que ha pasado.
La población de Chipude
Igual que pasó en Imada,
Es de sus casas sacada
Y presta a la plaza acude.
Con gran rapidez sacude
El fuego aquella región,
Y fue tal la dimensión
Por las llamas conseguida
Que el fuego quedó enseguida
Amenazando Pavón.
En Pavón y Apartaderos
Es crítico el panorama
Porque es más fuerte la llama
Que la acción de los bomberos.
Muchos terrenos enteros
Ardieron de tal manera,
que el temor más grande era
que el fuego se propagara
sin pararlo y que llegara
hasta la gasolinera.
Ya el fuego los derredores
De las viviendas traspasa,
Y es visible la amenaza
De consecuencias peores.
Muchas personas mayores,
Hasta enfermas e impedidas,
salieron sólo vestidas
Con blusas y con pijamas,
Escapando de las llamas
Para así salvar sus vidas.
Entre brezo, pino, jara,
Tagasastes y parrales,
Piteras y palmerales
El incendio no se para.
Como si nos disparara
Dardos la naturaleza;
Como si Dios al que reza
No le escuchara su ruego
Enseguida quedó el fuego
Subido en la Fortaleza.
De Pavón a la Dehesa
No quedó mata con fruto,
Y un negro traje de luto
Envuelve a la Fortaleza.
Ni siquiera en la maleza
Quedaron matojos vivos;
Muchos ganados, cautivos,
Murieron en sus corrales
Y hay pérdidas colosales
En cosechas y cultivos.
Muchas casas de vivienda,
Aún siendo de piedra fuerte,
Corrieron la misma suerte
Que los terrenos de hacienda.
El día 15, la ofrenda
Para la Virgen sagrada,
No fue fruta destacada,
Ni amasijos, ni demás:
La ofrenda fue un triste haz
De madera calcinada.
Es imposible frenar
El avance de la llama
Que dirección a la Dama
Se dirige sin parar.
Allí hubo que albergar
A gente en el tanatorio,
y doliente repertorio
forja la llama maldita
al ver el fuego en la ermita
del Doctor José Gregorio.
Así de la Fortaleza
Ni un eucalipto escapó,
Ni planta verde quedó
De Pavón a la Dehesa.
Solamente la tristeza
Fue la gran emperadora;
Tanto es así, que aún ahora
Aunque un milenio corriera,
La Isla de la Gomera
Amargas lágrimas llora.
Siguen ambos focos vivos
Y mientras la isla arde,
Pasa el tiempo, cae la tarde
Y paran los efectivos.
Los efectos negativos
Son, por segundos, peores,
Y los frondosos colores
De la verde cordillera
Se hacen pasto de una hoguera
De terribles resplandores.
El fuego en la zona oeste
Sigue a su libre albedrío
Haciendo un erial vacío
Del sureño suelo agreste.
No hay quien nos libere de este
Cruel y funesto arrebato,
Mientras el fuego, insensato,
Ayudado por la brisa
Convirtió en polvo y ceniza
Las casas de Lo del Gato.
Agando y Tajaqué son
Un mar de lenguas de fuego,
Que quedan quemando luego
Benchijigua y su región.
Se perdieron el Salón,
Caminos, hornos de pan;
Y las viviendas que están
dañadas se ven al alba,
Como se vio, sana y salva,
La Capilla de San Juan.
Son recuerdos de los pinos
Los troncos, negros e inhiestos,
Y casi no quedan restos
De senderos y caminos.
Todo lo que los vecinos
Lograron, no existe hoy,
y mi palabra les doy
que sólo negro se ve
y que nada quedó de
Vegaipala a Lasaoi.
Agando, qué triste es verte
A las llamas sometido,
Pues toda la vida has sido
De los roques, el más fuerte.
¿Quién pudo volver inerte
Tu boscosa maravilla?
Mi alma, humilde, se arrodilla
En fervorosa plegaria,
Pidiendo a la Candelaria
Que acabe esta  pesadilla.
Tejiade desalojado
Por precaución también fue,
Y Santiago se ve
Del todo incomunicado.
El fuego sigue apurado
Desolando las regiones:
El tiempo y sus condiciones
Que se avive favorecen,
A la par que no aparecen
Ni más medios ni hidroaviones.
El fuego sigue quemando
Con tal rapidez que baja
A las cumbres de la Laja
Desde las faldas de Agando.
No sabemos hasta cuándo
Durará esta pesadilla,
Y tal es su avanzadilla
En hierbas, brezos y pinos
Que abandonan los vecinos
el Barranco de la Villa.
Sólo ceniza se ve
De Benchijigua hasta Imada;
Verde no ha quedado nada
En Castaño y Tajaqué.
Lo que un día monte fue,
Solo es leña en el presente,
Y la Gomera se siente
Tan lastimada que Agando,
Más que manar, va llorando
El agua de su naciente.
Los que van al mirador
De Agando desde aquel día,
Sacan la fotografía
Lastimosa del dolor.
Nada queda del verdor
De los frondosos brezales,
De los sabrosos frutales,
De la flor de la violeta,
Porque el fuego no respeta
Ni los Parques Nacionales.
¿Y Chipude? ¡Ay Chipude
Quién te ha visto y quién te ve!
¿Cómo han permitido que
Un incendio te desnude?
¿Por qué este fuego sacude
Tu belleza extraordinaria?
Desde que aquella incendiaria
Fuerza atacó tu belleza,
Llorando está de tristeza
La Virgen de Candelaria.
Eduardo Duque,

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