La sublevación popular contra el Conde de La Gomera (1762)

“…tengo entendido que V.M. en tiempo tan calamitoso como el presente, tiene abandonada su obligación, en no asistir a !a administra­ción de justicia de esta Villa, dando lugar con su desidia y descuido para que las cosas no vayan con aquella rectitud que se debe, de que se originan pésimas consecuencias y de que Vd. debe ser responsa­ble”.

Año de 1762. Don Domingo José de Herrera dirige al alcalde mayor, don Andrés Fernández Acevedo, una carta que refleja el malestar general que por aquel entonces existía en la isla y que de forma destacada había contribuido el aban­dono de la administración de justicia que tenía a su cargo. Será una gota más que ayudará a colmar el vaso de la sempiterna paciencia de los gomeros.

Por aquello años, los conflictos internacionales también tendrán su repercusión en La Gomera, como nos lo demuestra la coincidencia de sublevaciones y guerras entre España y los países europeos. Por otra parte, las tensiones que cada día se fraguaban en el seno de la sociedad gomera estaban abocadas a explosiones violentas en situaciones coyunturales que habían de tomar conciencia a la totalidad del cuerpo social de la necesidad de una transformación. La emigración se con­vertirá en la forma de protesta silenciosa y desgarrada, y la isla pa­sará a ser exportadora de mano de obra joven para las colonias ame­ricanas, de entusiastas repobladores deseosos de crear una nueva so­ciedad bien diferente de aquella que habían dejado atrás. La emigra­ción, aparte de un negocio lucrativo para la Corona, será el elemento de distensión o válvula de escape que equilibrará la diferencia entre recursos disponibles y aumento demográfico.

La política hacendística de Carlos III y su ministro Esquilache introducirá un motivo más de descontento en todas las islas, en espe­cial con la llegada del nuevo administrador general de rentas, almojarifazgos, tercias y orchillas, don Isidro Narváez y Vivero.

A todo ello es necesario añadir la dura crisis de subsistencia que pasan las islas en 1762, viéndose en la necesidad de recurrir al rey en súplica de que no se embargasen las embarcaciones inglesas surtas en puerto, pues ellas habían conducido las primeras partidas de gra­nos que se compraban en el Norte con caudal del pósito.

La clase dirigente, el campesinado y el proletariado gomero hacen causa común al ver llegado el momento propicio para solucionar su depen­dencia del régimen señorial. Desde el mes de julio de 1762 comienzan las reuniones en el mismo con­vento de Hermigua, casas particulares, sacristías, etc., para estudiar las acciones y planes, así como la discusión de los puntos esenciales que se debían exponer al rey en súplica de la abolición de la jurisdicción señorial. El acuerdo general adoptado por todos era la concurrencia a la Villa de San Sebastián para la reunión de un Cabildo General, ex­cepto Vallehermoso, reducto defensor de los derechos señoriales es­timulados por el caciquismo de la familia Manrique de Lara, muy adeptos a la casa condal a lo largo de muchas generaciones. Incluso el administrador del conde don Miguel de Echeverría estaba casado con un miembro de aquella familia (1).

En la primera quincena de septiembre de 1762 se reunieron en la playa de Santa Catalina de Hermigua los maestres de barcos, clérigos, religio­sos dominicos, algunos regidores, capitanes y hombres del común pa­ra acordar la fecha del inicio de la sublevación. Se determina que el comienzo lo marcará la voz del cañón de la Villa, a cuya señal inme­diatamente bajarían todos los habitantes a San Sebastián para cele­brar un Cabildo multitudinario.

Después de una serie de algaradas con toque de tambores, ex­pulsiones de la Villa, intimidaciones a los defensores del conde, etc., el 21 de septiembre se reunió el Cabildo General con la asistencia de los regidores, alcaldes pedáneos, curas, frailes, milicianos y dos veci­nos por cada pueblo. Los trabajos de esta primera reunión se cen­traron en la redacción de los motivos del motín; el resultado fue la exposición de dieciséis agravios que consideraban inaceptables. La exposición de agravios acaba con la petición de que se les dé a todos por libres del vasallaje señorial, declarándose a favor del rey, a quien solicitan les agregue «al patrimonio de su Real Corona», y suplican se digne admitirles a todos por sus fieles vasallos. En la reunión del día 22 lo más importante que se trata es la oposición a cualquier arresto que se produjese, y la declaración de los montes como «legios reales».

Los gomeros habían creído que su incorporación a la Corona sería rápida y sencilla, pensaban que sólo bastaba gritar «¡viva el rey, abajo el conde!», como había manifestado el escribano Juan Padilla cuando contaba que él había contemplado en muchos pueblos de se­ñorío de España con gritar ¡viva el rey! cambiaban de jurisdicción.

Pero se les escapaba la estrechez del marco jurídico con que con­taba Carlos III para efectuar su programa “incorporacionista” de los lugares, villas y ciudades de señorío, legales exclusivamente para los señoríos de origen enriqueño. Y como el caso de La Gomera no se podía acoger al referido marco jurídico, después de un largo proceso se le confirma al conde sus derechos, si bien es verdad que en ningún momento dejó de ejercer su jurisdicción. Las represalias del conde irán dirigidas a dar un ejemplar castigo a los principales cabezas para que sirviese de escarmiento general. Le propone al Comandante Ge­neral el destierro de los militares a los presidios de África, y al resto el destierro por varios años a distintos lugares del Archipiélago. Para ese duro plan de represión se basaba en lo peligroso de la actitud y deseo de algunos gomeros de entregarse a la Corona Inglesa estando España en guerra, por lo que podían haber recibido ayuda con graves consecuencias para el resto de las islas.

Al ver fracasada la sublevación que con tanto cuidado habían preparado, el 17 de octubre se vuelve a reunir el Cabildo para supli­car un perdón general del conde, y solicitar la vuelta a la isla del ad­ministrador don Miguel de Echeverría.

De haber tenido éxito la sublevación, la historia de La Gomera hasta nuestros días no hubiese sido la misma.  Todos estos acontecimientos impedirán el desarrollo de la isla y la some­terán a un estado económico de estancamiento continuado que marcará su subdesarrollo durante el siglo siguiente. En el siglo XVIII, una centuria de grandes agitaciones sociales en gran parte del planeta, La Gomera fue escenario de una sublevación que estuvo a punto de culminar con éxito y que merece la pena conocer.

Ricardo J. Valeriano Rodríguez

(1) Germán Hernández Rodríguez. Extraído del IV Coloquio De Historia Canario-Americana (1980).

 

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