El hijo de Armida (por Carlos Pérez Simancas)

Sito Simancas medalla de oro de canariasA veces la vida sella boletos en su lotería vital, de una manera que no somos capaces de entender, repartiendo fortuna o sinsabores a los pocos agraciados y a los muchos desventurados que inconcientemente se la juegan día a día en ella. La vida es una suerte de meandros y recodos que como un río nos lleva de un lado para otro, que nos convierte en lo que somos, no en lo que quisimos, ni en las personas que debimos ser. Simplemente somos lo que somos por nuestra travesía en el río de la vida. Pero toda vida tiene algo de provecho, y es que solo vive aquel que no se detiene, el que no se rinde y es capaz de sobreponerse a las caídas en las turbulentas aguas del torrente de la existencia.

Y es que una cosa está clara, la vida no te da nada si antes no te ha quitado algo. Para que te sonría, primero has tenido que llorar y pasar por sus gélidas amarguras.

Sito Simancas sabe de lo que hablo, él sabe que para llegar a donde ha llegado ha tenido que pagar un alto precio. Pero no es de los que se ha detenido a maldecir su suerte, la ha buscado, la ha luchado de una manera muy humana: siendo él mismo y ayudando cuando se le ha necesitado.

Sito Simancas nació, por circunstancias del guión, en San Sebastián de La Gomera. De su padre ausente heredó su perenne sonrisa y la zalamería. Pero la vida estaría allí para traerle otro padre que llenaría el vacío afectivo, el que pondría los ejes cartesianos con el que marcaría su derrotero vital. De su nuevo padre heredaría el apellido, que llevaría con orgullo y con el que el “Día de Canarias” del 2015, entraría con letras de oro en el panteón de hijos ilustres de las islas Canarias. Pero si tuvo que heredar de alguien, sería de su madre Armida. De ella heredó la cabezonería, el afán de superarse y la necesidad de interesarse por todo lo que nos rodea, en definitiva, salió listo como su progenitora.

Armida era una mujer adelantada a su tiempo. Educada en los valores de “La República”, creía en la igualdad de la mujer y eso lo pensaba, cuando Franco se enseñoreaba por el cortijo hispano. Vamos, que le echaba un par de ovarios. Contaba cómo tenía que esconder a sus vecinos que sabía leer y escribir correctamente, de cómo tenía que estropear su cuidada caligrafía, para que no fuera acusada o señalada como un bicho raro. En esos tiempos, era muy peligroso destacar en el gris de la sociedad de la postguerra. Armida hablaba con orgullo de cómo su hijo Sito sabía leer desde los tres años. De cómo ella por las noches, después de estar cosiendo y arreglando ropa, trabajo con el que ayudaba a dar de comer a su prole, tenía tiempo para enseñar a leer a su vástago. Me imagino cómo tendría que sufrir esa pobre mujer, queriendo leer y no poder hacerlo. Los libros eran un artículo de lujo, y antes estaba saciar el hambre de su familia. Me contó en multitud de ocasiones como tenía que contentarse con unas novelas por entrega, de esas que venían antes, pero que su verdadero sueño era poder leer a los grandes clásicos. Sito, años después, atesoraría una nutrida biblioteca, acordándose de los años de escasez bibliográfica que padeció su madre.

Armida una vez me confesó que uno de sus peores momentos tuvo lugar ante una canallada que sufrió su hijo, un acto ruin que tuvo como principal inductor a uno de los “caciques” terratenientes que tanto pululaban por La Gomera de mediados del siglo XX. Con 12 años, Sito había optado a una beca que lo conduciría a un colegio de curas en la Península. Optó y la ganó, gracias a sus notas y a un maestro que tenía: un ex profesor de la Complutense que cumplía exilio en la isla y que había puesto ante aquel niño sus escasos recursos para que aprendiera y para que se superara. Había descubierto un diamante en bruto, él lo había pulido hasta donde pudo, sabía que esa beca haría que el chico llegara a las más altas metas. Pero como dije, esta historia hizo que Armida, la madre de Sito, sufriera una amargura hasta el último de sus días.

Cuando su hijo había recibido la ropa con la que pasar el duro invierno salmantino, cuando les había llegado una carta con la que el rector del centro les daba la bienvenida, cuando Sito se disponía a marchar y en el mismo instante que llegaron al muelle donde madre e hijo tenían que separarse, el niño, que en ese momento solo pensaba en el viaje y sentía una mezcla de emoción, miedo por lo desconocido y ganas de aventuras, sufrió un revés que lo despertó de sus sueños, sueños que se esfumaron en la rada de “la Villa”. Una vez allí, les dijeron que el hijo de “Don Fulanito De Tal” tenía que ocupar su sitio, que tenían órdenes de que ese niño de apellido latifundista sería quien fuera a Castilla “La Vieja”, y no el hijo de la costurera de Playa de Santiago. Les dijeron simplemente: “En octubre volverán a llamarlo para que se incorpore después de Navidades”. Pero aquella llamada nunca llegó, y Sito tuvo que quedarse en su pueblo. Un año más tarde empezaba a trabajar, acarreando arena de la playa con la que se construía muros y casas. A cada cubo de arena que cargaba, mascullaba improperios contra su suerte, había nacido sin apellido de señorito y esa era una razón de peso en aquellos tiempos. Y más sabiendo que el hijo de “Fulanito De tal” duró en Salamanca lo que dura una estación en aquellos lares, con lo que había malgastado su oportunidad de ser alguien.

Armida nos dejó en el año 2000. Este capítulo en la vida de su hijo le había marcado profundamente, hacía que décadas más tarde aún se le escaparan las lágrimas de rabia e impotencia. ¿Cómo consolar a un hijo al que le roban un sueño o una ilusión? Esa era su pregunta, e hizo lo que mejor pudo para contestarla. Sito Simancas siguió por su senda, creció, se casó, y aún la vida le depararía otro golpe noqueante, un devastador gancho del que nunca se recuperaría al cien por cien, pero que afrontó con valentía y fuerza. Sito Simancas, tardó en darse cuenta que aquel hijo de “Fulanito De Tal” le había hecho un favor. Bueno, nos hizo un favor (a mí por la cuenta que me toca): lo convirtió en el Sito que conocemos. Armida no lo entendió y pensó que con aquella oportunidad su hijo había perdido un horizonte mejor. Armida no supo que había educado a un niño, que sería querido y aclamado dentro y fuera de La Gomera, que sería un autodidacta empedernido y que con ese afán de aprender ayudaría a la implantación de la televisión y la radio en su amada isla.

Si mi abuelo hubiese cogido aquel barco en el año 45, posiblemente no estaría escribiéndoles esto, mi abuelo no tuviera el corazón roto por el fallecimiento de una de mis tías, que está hoy más presente que nunca, pero lo más seguro es que nunca hubiera existido Sito Simancas, “La Voz de La Gomera”.

Mi abuelo me confesó que en el momento que recibía la ovación en el Teatro Guimerá sus pensamientos iban para tres mujeres: su madre Armida, su mujer Pepa y su hija Rochi. Tres mujeres que moldearon la personalidad del hoy medalla de oro de Canarias 2015. Mujeres que ayudaron a cincelar una de las personas más queridas y populares de la isla de La Gomera. Y ese cariño por parte de muchos gomeros: es sin duda su mejor premio.

Carlos J. Pérez Simancas

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