El color del gato (Por José Luis Hernández)

Jose Luis HernandezHace mucho tiempo que en los órganos del PSOE en Canarias se tiene constancia de las prácticas corruptas con las que Casimiro Curbelo mantiene el control político de La Gomera y de la difícil explicación de su abrumador incremento patrimonial.

Durante las elecciones generales del año 1996, en una conversación informal sobre la situación política de La Gomera y a la salida de un debate electoral en Radio Club, José Segura  me caricaturizó la situación con una frase muy gráfica:  “A pesar de que nos constan las andanzas de Curbelo, en el partido  no importa el color del gato, sino que cace ratones”. En su organización eran rehenes de los trofeos electorales del líder gomero, que suponían el absoluto control político de la isla y que aportaban grandes cotas de poder en forma de tres diputados, cinco alcaldías y el Cabildo Insular .

Desde entonces,  esos manejos corruptos de Curbelo han tenido un crecimiento exponencial, solo comparable al del incremento de su patrimonio personal. A pesar de sus enormes influencias en las altas esferas del poder,  esto difícilmente podía pasar desapercibido  para la Fiscalía Anticorrupción y para la UDYCO, departamentos que llevan tiempo pisándole los talones en busca del rastro de su fortuna oculta y tejiendo a su alrededor un proceso judicial del que es poco probable que se vaya de rositas.  Las pruebas en su contra son fulminantes, incluyendo grabaciones en las que trata de corromper a empresarios de la isla y declaraciones de testigos de peso que le incriminan.

La inmensa suerte que ha acompañado a Curbelo parecía que se torcía definitivamente con el deplorable episodio en una sauna madrileña, donde trató de imponer su condición de  influyente hombre de la casta política, montando un pollo al grito de “usted no sabe con quién está dando” dirigido a policías y meretrices y usando la visa oro del senado para pagar los servicios del burdel.

El bochornoso espectáculo, ante el que cualquier cargo político con algo de dignidad hubiese dimitido de inmediato de todas sus responsabilidades, se saldó solo con su destitución como senador por presiones de Elena Valenciano, inmersa por entonces en una campaña de imagen que le impedía tragar con tamaña fechoría que además venía de un líder de su organización en un lejano y diminuto territorio de ultramar.

El PSOE, acosado por la corrupción  y el huracán de Podemos, teme  un futuro

parecido al del PSI de Bettino Craxi en Italia o al del  PASOK en Grecia, cosa que no es ciencia ficción. Por ello, en los últimos tiempos se ha envuelto con la manta del regeneracionismo democrático y ha enarbolado la bandera del “se acabó eso de convivir con la corrupción  y los corruptos en nuestras filas”.  En ese escenario su nuevo Secretario General, Pedro Sánchez, trasladó a la sociedad el mensaje de que no toleraría a ningún corrupto o imputado en las listas de su partido.

Buenas intenciones que de aplicarse al pie de la letra supondrían el fin del curbelismo y que llevaron el pánico a una parte de las huestes gomeras del puño y la rosa. En la otra, comandada por los cuatro alcaldes del PSOE, otrora fieles servidores del líder supremo, cundió el alborozo y se las prometían felices. Por fin tenían al alcance la posibilidad de dar la estocada a quien  les cerraba el camino de sus desmedidas ansias de poder y de sus necesidades de proyectarse extramuros de las limitaciones que impone ser alcalde de un modesto ayuntamiento de isla periférica.

Desde que Sánchez y su nuevo equipo se subieron a lomos del discurso de la regeneración, el PSOE gomero ha sido un hervidero de intrigas de todo tipo y escenario de una  guerra  sin cuartel entre  esos dos bandos. Pero  la rendición de Curbelo no se iba a producir sin un alto precio. Si fuese necesario correría la sangre y  moriría matando.

Malograr el poder caciquil del que disfruta desde hace tres décadas no es  cuestión baladí. Tampoco lo es perder el Cabildo Insular, la joya del cacicato, que en manos enemigas y con una segura auditoría de la gestión económica de las últimas legislaturas, aceleraría la acción que la justicia tiene abierta en su contra.  Por eso mueve ficha y manda a servidores suyos a que, por si las moscas, le legalicen un partido y contraataca pagando encuestas en las que debe quedar claro que si él se va lo hará con armas y bagajes ganando el Cabildo con mayoría absoluta y quedándose con todos los diputados por La Gomera. También anticipa la precampaña electoral, prometiendo miles de puestos de trabajo basura a aquellos ciudadanos a los que sus nefastas políticas económicas han condenado al paro y a la exclusión y proclama  disparatadas promesas de seguir llenando la isla de obras pufas, como la construcción de un teleférico en Agulo.

En las trincheras enemigas los alcaldes díscolos se valían del aparato del partido en Canarias para ejercer presión y para que desde allí se impidiese que un imputado y acusado de graves hechos de corrupción, encabezase las listas gomeras. Contaban con el apoyo del felón Julio Cruz,  que también ambiciona sustituir a su jefe insular en todo.

Se juega una partida de envite en la que Curbelo, como aquilatado trilero que es, cuenta con cartas marcadas. Por un lado la devolución del favor por el apoyo que prestó a  Patricia Hernández para que se hiciese con el control del partido en las Islas y por otro el pánico a que la probable debacle electoral del PSOE en el resto de islas se vea incrementada con  la posibilidad de perder alguno de los tres diputados que La Gomera les ha asegurado en las últimas elecciones

Si finalmente, como así parece y se ha publicado, Pedro Sánchez se la ha envainado, no solo se resienten las ambiciones de los alcaldes díscolos y la escasa credibilidad de regeneración que le quedaba al PSOE en España y en Canarias, sino que también lo hacen las esperanzas de una buena parte de la población gomera de adelantar sus nunca aparcados deseos de vivir en libertad y  de ver el fin del régimen caciquil trasnochado que soportan.  Tristemente la balanza del PSOE se habría decantado por las habilidades de cazador de su gato gomero, sin importarle en absoluto su color.

Cuando alguno de los dictadores latinoamericanos impuesto por los EE.UU.  se ponía muy burro y se pasaba reprimiendo a su pueblo, desde Washington desempolvaban la manida consigna de, “es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”.  En sentido figurado, algo parecido puede estar pasando en el PSOE de Pedro Sánchez y de Patricia Hernández con sus candidatos imputados en Canarias.

José Luis Hernández (Periodista)

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