Los bancales de La Gomera ¿Paisaje Cultural de la Humanidad? (por Pablo Jerez)

Pablo Jerez Sabater primer planoPablo Jerez Sabater (*)

La pregunta, adelanto, es capciosa de por sí, porque nuestros bancales no tienen esa consideración por parte de la UNESCO. De todas las categorías de protección y reconocimiento quizá es la que nos falte. Sería, creo, el único lugar del mundo en tenerlas todas: Patrimonio Natural de la Humanidad (Garajonay), Patrimonio Inmaterial de la Humanidad (Silbo) y Reserva Mundial de la Biosfera. Sin embargo, hay otra que quizá, si de verdad hubiera intencionalidad política y social, podríamos tener: el Paisaje Cultural de la Humanidad.

Ahora bien, ¿qué es exactamente? Según las convenciones de la Icomos (órgano de la UNESCO encargado de la temática patrimonial), el Paisaje Cultural de la Humanidad se define como “obras combinadas de la naturaleza y el hombre”, según el artículo 1 de la Convención de Patrimonio de la Humanidad de 1992. Entiende el Icomos que son  ilustrativas de la evolución de la sociedad y asentamientos humanos a través del tiempo, bajo la influencia de las restricciones físicas y/o las oportunidades que brindaba su entorno natural y las sucesivas fuerzas sociales, económicas y culturales, tanto internas como externas”.

Esto quiere decir, grosso modo, que el Paisaje Cultural de la Humanidad abarca una diversidad de manifestaciones de la interacción entre el hombre y su medio ambiente natural, según la propia Convención. Además, la UNESCO distingue entre tres categorías (Directrices Operacionales de 2005): paisaje claramente diseñado y creado intencionalmente por el hombre; paisaje orgánicamente evolutivo; y finalmente paisaje cultural asociativo.

Quiero detenerme brevemente en una de las tres categorías: paisaje orgánicamente evolutivo. Según el Icomos, “Un paisaje vivo es uno que mantiene un papel social activo en la sociedad contemporánea asociado con el modo de vida tradicional, en el cual el proceso de evolución está aún en progreso. Al mismo tiempo muestra evidencia material significativa de su evolución en el tiempo”. Y es que esta definición corresponde, sin duda alguna, a nuestros bancales.

Las terrazas de cultivo que el gomero tuvo que crear en los barrancos y laderas para poder sobrevivir a la falta de tierras de labranza es una seña inequívoca de la transformación territorial del paisaje en manos del hombre. Por tanto, tal consideración es inseparable a nuestra orografía: el paisaje de La Gomera no se entiende sin los bancales (construidos su mayoría en la primera mitad del siglo XX). Otra consideración iría más allá y es el estado de semiabandono que tienen en su mayoría. La crisis agrícola y los nuevos modos de producción, amén de la emigración y nuevos sectores económicos, ha dejado un paisaje tejido por bancales que, en muchos casos, son apenas paredones que amenazan ruina.

Precisamente, si se aplicara y propusiera este reconocimiento a la UNESCO, los bancales de La Gomera adquirirían –amén de una distinción más- una categoría de protección a lo que habría que sumar un proyecto de recuperación e interpretación, dándole nuevamente vida a este singular paisaje modelado por la mano del hombre. Se lo debemos a quienes nos lo legaron.

(*) Grupo de investigación Lhisarte. Universidad de La Laguna

 

 

 

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