Reivindicando la voz del pueblo (por Eduardo Duque)

eduardo duque blanco y negroLa dedicación del Día del Libro a la figura de José Hernández Negrín (1886-1955) supone una puesta en valor de esa otra literatura –la llamada “oral” –, por muchos desechada. La inexistencia de un soporte material donde sostenerse más allá de la memoria colectiva del pueblo, así como las circunstancias de su creación, alejadas de los tópicos del ambiente “culto” en que se desarrolla la creación literaria universal, están en las bases de este menoscabo. Sin embargo, el valor de esa literatura oral, surgida y mantenida en la sencillez de lo cotidiano, supera sin duda la atención casi residual que en ocasiones se le presta, reducida a una mera colección de coplillas o anécdotas populares.

Afortunadamente hoy la lectura es una suerte de la que goza la práctica totalidad de la sociedad; pero esto no fue así siempre. Hasta hace escasas décadas, la falta de una educación académica hacía de lo que hoy es algo cotidiano un privilegio al alcance de muy pocos. Es en este contexto donde figuras como el recordado José Hernández se convierten en verdaderos representantes de la sensibilidad popular, hecha poesía en una de las fórmulas métricas más perfectas y ricas como es la décima espinela. Cantada al son del punto cubano, la décima dio voz al silencio de la inmensa mayoría de la población, que encontró en ella uno de sus mejores vehículos de expresión. Míticas han sido muchas de las estrofas surgidas del ingenio de Hernández y de otros poetas populares en cuyos versos está recogida gran parte de la historia, las aspiraciones, las preocupaciones y la sensibilidad de ese pueblo tantas y tantas veces callado.

Reivindicar figuras como la de Hernández, y con él otros tantos poetas populares cuyos nombres están impresos en lo más profundo del sentimiento y el recuerdo de los gomeros, es precisamente poner en valor un legado cuya riqueza es sorprendente. Más aún, la relación con la décima cantada al ritmo del punto cubano no hace más que acentuar su vocación de voz colectiva: la del emigrante, del campesino, del marinero… a fin de cuentas, de los grandes agentes de la Historia.  Aquí está por fin expresada y recogida, valorada y actualizada, respetada y orgullosamente reconocida.

Desde niño crecí oyendo las anécdotas populares que reseñó Hernández Negrín, desde su caída camino de una fiesta en Arure hasta el curioso caso de Juana Podona. Su mítica controversia en Bolondrón con Lorenza Romero, las décimas de la arrastrada del 41 o las famosas “entre el Canario y el Sinsonte” entre él y Manuel Rolo, han sido testigos de mi crecimiento y, cómo no, del de mis padres y, tras ellos, del día a día de mis abuelos. Felicidades por reconocer este legado y gracias por apostar por la cultura popular de un pueblo orgulloso de escribir de diez en diez versos su verdadero día a día.

Eduardo Duque

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