Semblanza de un amigo: Esteban (Por Erasmo Chinea Correa)

Entre las callejas de La Calera, los caminos de Taguluche y las miradas al bajío, transcurrió su infancia. Precedido por su afán de entrega al trabajo y por una educación exquisita, un joven maestro, hijo de humildes pescadores, se convertía en Alcalde. Desde esa época hasta la actualidad, sólo algo pareció moverle: hacer de Valle Gran Rey, el municipio puntero de la isla, poner a su pueblo en el lugar que merecía. Y lo logró.

La vida es lo que es, según cómo se mire el espejo. Hay quien hace apología de la sombra, de la oscuridad que todo hombre y mujer guarda en su interior. Quizás le resulte más cómodo para defender su posicionamiento. Pero es mejor ver las luces, los aciertos, máxime si se trata de recordar a una persona que tiene un lugar importante dentro de nuestra historia reciente.

Alguien decía ayer que la política es el arte de servir al pueblo. Si eso es así, Esteban Bethencourt era un artista. Pero su mayor acto de servicio lo hizo consigo mismo, luchando hasta el final. Se convirtió en un bregador que, con buenas agarradas, luchó contra una enfermedad perversa durante ocho años. Y mientras tanto, alguno intentó “mañas de desvío” para desestabilizarlo, aunque no lo consiguió.

El político gomero acostumbraba a decir que lo importante de la vida es tener una idea y la convicción de defenderla. Palabras como “originalidad” o “creatividad” salían de su boca en cada reunión de manera constante. Nunca soportó que alguien de su entorno tirara la toalla. Como siempre afirmó, “el buen barco se mide en los temporales”.

Hay quien dice que cada ser humano escoge la opción que desea en busca de la felicidad. Y entre tantas opciones, Esteban escogió el camino de la amistad. Concibió su vida con plena dedicación a semejante ideal. Entendía un partido político como una agrupación de amigos. Y es que, ciertamente, cuando decía aquello de “generar sinergias” no era nada más que crear fraternidad. Recibió en sus amigos el homenaje que, tristemente, ninguna Administración Pública le propuso, y el cocinar para ellos siempre fue el mayor galardón que podía alcanzar.

Jamás alguien amó tanto a Valle Gran Rey y a su natal pueblo de Taguluche, siendo fiel a sus ideales. Y no había más ideal en Bethencourt que tener siempre en mente a su familia y a su pueblo, una noción que defendió en sus años como maestro en las aulas y que tuvo continuidad en su magisterio político. Los que estuvieron a su lado, siempre se sentirán orgullosos de que un hombre de tal categoría hubiera tocado sus vidas.

El que fuera alcalde durante muchos años, un buen día dijo “lo más bonito que nos puede pasar en un pueblo como este es que nos vemos, nos saludamos, hablamos y hasta brindamos”. Con esas sencillas palabras, se resume su filosofía de vida que no fue otra cosa que su método de trabajo: vivir con alegría. Nunca disipó una sonrisa si la ocasión lo merecía, y jamás perdió serenidad pese a la agudeza del problema.

Partidario del trabajo desde el silencio, con sus acciones parecía sorprender siempre al vecino, atendiendo de manera deliciosa a quien lo necesitaba. Y de la misma manera, Esteban Bethencourt se marchó el pasado domingo. Casi en silencio, tomando por sorpresa a todo un pueblo que hoy le llora, se marchó el hombre que transformó a Valle Gran Rey, el padre que adoraba a su familia, y el amigo de la eterna sonrisa y los perfectos modales.

Erasmo Ramón Chinea Correa, concejal en la pasada legislatura con Esteban Bethencourt Gámez.

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