Le alquila un piso suyo a una joven por un euro para sacarla de la calle

Nicolás Molina estaba tan harto de los estragos de la crisis y del “saqueo de los bancos” que hace un mes alquiló su apartamento por el simbólico precio de un euro al mes a una joven para que dejara de vivir en su coche. “Me cabrea mucho lo que está pasando en las Islas con tanto paro y pobreza. Por eso sentí la necesidad de echar una mano”, confiesa este chicharrero, contramaestre de la Escuela Superior de Náutica de Santa Cruz , de 60 años.

Todo ocurrió muy rápido, hace un mes. Nicolás conoció a Eloy Cuadra, portavoz de la Plataforma por la Dignidad de las Personas sin Hogar, a través de una amiga común, Inma del Cid, concejal de Iniciativa por El Rosario-Verdes de El Rosario. Cuadra le habló de que estaba preocupado porque cada vez había más gente en la calle y le habló de un caso: la de una joven de 26 años, con dos hijos, que se había tenido que separar de ellos, que mantenía una relación distante con su familia y que encima se había quedado en la calle, sin empleo y sin ni siquiera el paro.

“No me lo pensé mucho. Le ofrecí un apartamento de mi propiedad. Al fin y al cabo estaba vacío”, recuerda Nicolás. Cuadra puso rápidamente la maquinaria de su organización en marcha y en un par de semanas la joven por fin descansaba bajo un techo. Puso un euro porque era lo mínimo que podía figurar en el contrato. “Lo hemos firmado por un año. Dependiendo de cómo se desarrollen las cosas, estoy dispuesto a renovarlo para que esta chica pueda salir adelante”, aclara.

La joven, además, sufre el acoso de su exnovio, por lo que no puede revelar su identidad ni el lugar en el que está el apartamento. “Todavía no me lo creo. No me esperaba algo así y, además, todo ocurrió en un momento en el que mi vida se iba a la deriva”, relata esta joven, que quiere que se use como nombre ficticio Irina. Cuenta después de posar dando la espalda a la cámara que Nicolás ya no solo le ha cedido el piso, sino que además se preocupa por ella y le ofrece lo que necesite. “La primera semana la pasé llorando, pero no de tristeza sino de alegría porque por fin me pasaba algo bueno, muy bueno”, señala en medio de un salón sin apenas adornos, libros, ni fotos, y en el que el árbol de Navidad, de cintas rojas y bolas doradas, ilumina tanto la estancia como lo hacen los sueños con su nuevo futuro: “He recuperado la ilusión. Ahora solo quiero un trabajo y que los niños se vengan conmigo. Estaba cansada de tanta inestabilidad”.

Irina había trabajado en casi todo: vendiendo coches como comercial, en un bar de camarera, en un supermercado, en una boutique del pan, en guarderías… Pero su vida se fue desmoronando. Se deterioró su relación con la familia, fracasó en varias relaciones, se quedó sin trabajo y se le agotó el paro. De repente pasó de tener un piso alquilado y de quedarse con frecuencia en el de su novio a verse en la calle, con la única opción de resguardarse en el coche.

“Iba de aquí para allá, con las pocas cosas que conservé en el vehículo, sin dinero, sola, sin apenas comida, ocultándome de mi exnovio por miedo a que me hiciera daño. Me ayudaban algunos amigos y me buscaba la vida como podía hasta que apareció la Plataforma de casualidad”, rememora. Estaba en casa de una amiga cuando aparecieron unos voluntarios de la Plataforma por la Dignidad de las Personas sin Hogar para llevarle unas bolsas de alimentos. Fue cuando le comentaron que también podían ayudarla a ella.

Eloy Cuadra y otros colaboradores empezaron a llevarle comida preparada al coche, porque no tenía dónde cocinar. Hacen lo mismo con decenas de indigentes que pernoctan en lugares como el poblado de chabolas del Pancho Camurria, la antigua fábrica de Celgán, el Parque Viera y Clavijo, los barrancos, los alrededores de La Recova, el puente anexo a la Piscina Municipal, las cuevas de Ifara, los cajeros de la Plaza de España y hasta en coches, como Irina.

Este caso es el primero en el que un vecino dona una casa a un sintecho, pero Eloy Cuadra puntualiza que la Plataforma prepara ya otro en La Cuesta para formalizar el contrato y que otro sintecho deje de vivir a la intemperie.

Nicolás Molina anima a los que puedan permitírselo a que sigan este camino. “Es absurdo que haya viviendas vacías mientras cada vez hay más gente tirada por ahí. Tenemos que reaccionar y demostrar que entre todos las cosas pueden ir por lo menos un poco mejor”. Dice hablar con conocimiento de causa. “Sé lo que es estar solo y sentirse desamparado. Marca mucho. La vida en el mar es muy dura, recorriendo América y África, y a veces te sientes así, desprotegido, en lugares desconocidos”, dice compungido con esa cara típica tostada por tanto sol de los hombres de mar.

También apunta que tiene una hija de una edad similar a Irina. Por todo eso, y también porque de paso el apartamento se mantiene mejor si alguien lo ocupa que si lo deja vacío, Nicolás Molina tomó la decisión de ayudar.

De los bancos no quiere saber nada. “No miran a sus clientes como personas. Los jefazos de la banca solo ven dinero, números. Resulta que ellos son los que nos llevaron a la ruina y a su ruina, dando créditos a todo el mundo, y ahora resulta que tenemos que rescatarlos con nuestro dinero. Encima, el Gobierno los ayuda a ellos, con sus sueldos multimillonarios, y no a la gente que se ha quedado en la calle por su culpa y no tiene ni para comer. Y para colmo están los desahucios. No me tire de la lengua…”, manifiesta indignado.

Irina dice que quiere ir poco a poco pero sin pausa. Primero quiere hacer más confortable su nuevo hogar, recomponer su situación sentimental y buscar un trabajo. “Me da igual en qué. Sé hacer muchas cosas. Tengo salud, experiencia y muchas ganas, más que nunca, de salir adelante y esforzarme por enderezar el rumbo”, confiesa.

No quiere dejar escapar esta oportunidad y la posibilidad de contar con el apoyo de Nicolás y de la Plataforma, que siente que llegaron como caídos del cielo. “Estoy todavía muy sensible porque hace apenas cuatro semanas dormía por ahí, en un coche. Pero he recuperado las ganas y la ilusión, y eso es lo más importante”, afirma, para contar divertida que hasta ha planeado hacerse un book de fotografías por si sale algún trabajo como modelo o sencillamente para verse bien a sí misma.

Daniel Millet/La Opinion de Tenerife

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